Biblia Políglota

La Políglota de Cisneros

Concedida la licencia papal para impartir enseñanzas en el nuevo Colegio Mayor, pero no iniciadas todavía las clases, a partir de 1502, comienza a organizar Cisneros los trabajos para llevar a cabo una edición de la Biblia en sus lenguas originales. Para calibrar la importancia del proyecto fijémonos en que la edición oficial romana de la Biblia, de 1471, contenía sólo el texto de la Vulgata latina, y aunque el texto hebreo del Antiguo Testamento había sido editado hasta cuatro veces en Italia, y varias veces en forma parcial en la Península Ibérica (en Híjar, Lisboa y Leiría), todavía no existía ninguna edición del texto griego del Nuevo Testamento.

En el año mencionado Cisneros convocó a los que habían de dirigir y elaborar la gran obra: Antonio de Nebrija, el bachiller Diego López de Zúñiga, el comendador Hernán Núñez, y los judíos Pablo Coronel y Alonso de Alcalá, para trazar el plan de trabajo. A ellos se unirían pronto el maestro Gonzalo Gil, Catedrático de Teología, Bartolomé de Castro, profesor de Artes, el griego Demetrio Ducas, y el judío Alonso de Zamora, principal responsable del texto hebreo. Pronto Antonio de Nebrija, la personalidad más prestigiosa del equipo, hubo de abandonarlo, al crearle dificultades su actitud ante el texto bíblico puramente crítica y filológica, peligrando entonces la continuidad de la obra, pero Cisneros, actuando con energía y rapidez, logró zanjar los problemas.

La obra de la Políglota es reflejo de la nueva actitud renacentista ante la ciencia teológica en la Universidad de Alcalá. Exponente de ello sería el intento de captación del célebre Erasmo de Rotterdam, tanto para la obra de la Políglota como para la docencia; la admiración por el sabio holandés había subido de tono, sin duda, cuando en 1516, en Basilea, apareció su Novum Instrumentum, edición griega del Nuevo Testamenteo que, aunque impresa después de la de Alcalá, aparecía en público antes, y que, pese a que distaba bastante de ser perfecta, estaba realizada con criterios críticos totalmente diferentes.

La Biblia Políglota Complutense se imprimió entre 1514 y 1517, empezando por los tomos quinto y sexto, pero no se distribuyó hasta 1520. Cuando en julio de 1517 el hijo del impresor presentó a Cisneros el último volumen, este exclamó: “Aunque hasta el presente he llevado a cabo muchas empresas duras y difíciles por la nación, nada es más de mi agrado, por lo que debáis felicitarme con más efusión, que por esta edición de la Biblia”.

Como se ha señalado, la obra de la Políglota no puede valorarse sin considerar el trabajo de imprenta de Arnao Guillén de Brocar, que realizó aquí uno de los alardes tipográficos más notables de toda la historia del arte de imprimir. Los tipos griegos fueron considerados por Proctor, a fines del siglo pasado, como los más bellos jamás creados, y los hebreos sirvieron de modelo a los de la Biblia Regia, segunda Políglota impresa por Plantino, en Amberes, entre 1569 y 1573.

Una labor ingente y una ardua empresa

El jesuita García Villada (Cisneros según sus íntimos, Madrid 1920, pp. 40-49) resume así la labor ingente de Cisneros para dar a luz la Biblia Políglota de Alcalá:

Precisamente una de sus mayores glorias es la impresión de la Políglota de Alcalá. Sólo la voluntad férrea del Cardenal y su amor a los estudios escriturísticos pudieron reunir los elementos necesarios para dar cima a tan grandiosa obra. Porque, como nota Quintanilla, fue muy difícil y costoso reunir los códices y, una vez reunidos, estudiarlos y fijar su lectura, y todavía pareció en aquellos tiempos más arduo que todo esto la impresión; porque este arte acababa de nacer, y estaba poco extendido en España, y apenas había aquí quien supiese hacer los tipos hebreos, caldeos y griegos; teniéndose que encargar de labrarlos Arnaldo Guillermo Brocario, de origen francés o alemán, pero establecido en Pamplona y Logroño, donde poseía imprentas desde 1492 y 1503 respectivamente.

La Biblia Políglota de Alcalá consta de seis volúmenes en folio, y es la primera que se imprimió en su género. Solo el intento se juzgaba temerario, pero Cisneros era de esas almas grandes a quien no arredran las empresas, por gigantescas que fueran. Tanto la preparación e impresión, como la organización de los trabajos, revelan las singulares dotes de energía y talento de Fray Francisco.

La idea debió de nacer en él hacia 1502. Su plan, como dice él mismo al Papa León X, fue dar el texto original con las versiones más autorizadas, a fin de que los amantes de las Sagradas Letras, no contentos con las aguas de los arroyuelos, pudieran apagar su sed en los mismos manantiales de donde brotan las aguas vivas, que saltan hasta la vida eterna.

Desde luego comprendió Cisneros que para el desarrollo de su plan necesitaba colaboradores muy bien formados en filología hebrea, caldaica, griega y latina. Afortunadamente, el Renacimiento había prendido ya en nuestra patria, y eran muchos los que estudiaban a fondo el clasicismo. No faltaban, por tanto, hombres. Lo difícil del caso era la selección. Pensólo maduramente Cisneros y en el mismo verano de 1502. según refiere Vallejo, “mandó llamar al egregio varón Antonio de Nebrija y al bachiller Diego López de Zúñiga y a Hernán Núñez, comendador de la Orden de Santiago, personas doctas en el arte griega; y asimismo a Maestre Pablo Coronel y a Maestre Alonso, físico, vecino de la noble villa de Alcalá, que eran católicos cristianos, convertidos de judíos, los cuales eran muy doctos en la lengua hebrea y caldea”. El año 1504 entró a trabajar en la misma obra Alfonso de Zamora y un poco más tarde Demetrio Ducas, griego de la isla de Creta.

La competencia de estos sabios era por todos reconocida en aquel tiempo y ha quedado bien patente en su labor. Antonio de Nebrija fue el que resucitó entre nosotros la lengua latina y letras humanas, habiéndose dejado sentir su influjo hasta nuestros días. Sabía, además, concienzudamente el griego, y tenía aptitudes nada vulgares para la crítica, como lo prueban las ediciones que publicó de antiguos escritores latinos. Hernán Núñez de Guzmán, llamado el Pinciano, por haber nacido en Valladolid, era discípulo y émulo del anterior, y de Diego López de Zúñiga se ha dicho, con razón, que sabía el latín y el griego, por lo menos tan bien como Erasmo, añadiendo a esto un conocimiento profundo del hebreo. Pablo Coronel, que había nacido en Segovia el año de 1480 y debió de hacerse cristiano hacia 1492, era un orientalista eximio y Alfonso de Zamora, que vino al mundo el año 1474 en la ciudad del mismo nombre, no le iba a la zaga. Todos estos sabios eran españoles. El único extranjero que colaboró en la Políglota fue Demetrio Ducas, cretense, que en 1513 fue nombrado primer catedrático de griego de la Universidad Complutense.

Los tres judíos conversos, Pablo Coronel, Alfonso de Alcalá y Alfonso de Zamora, tomaron a su cargo lo referente al texto hebreo y caldeo. A Nebrija se le encomendó la edición de la Vulgata latina y a López de Zúñiga, Núñez de Guzmán y Ducas la edición de los LXX y del texto griego del Nuevo Testamento, juntamente con una nueva traducción latina del Antiguo Testamento griego.

Reunidos los hombres, pensó Cisneros en reunir el material necesario. Como no se trataba de hacer una simple reimpresión, sino una labor crítica, fue preciso acudir a los manuscritos. Por todas partes se dieron órdenes para que se agenciasen los mejores códices existentes. De nuestras bibliotecas, las que más espléndidamente surtieron a los trabajadores fueron las de Toledo; pero, como su caudal no bastaba ni con mucho, se acudió a la Vaticana, de donde prestó el Sumo Pontífice León X varios manuscritos muy antiguos y preciosos. Se trajeron otros de Florencia, de Grecia y de Siria; y se compraron los que se pudo, dondequiera que se hallaron, con dinero propio del Cardenal. Una Biblia gótica le costó 400 ducados y por seis códices hebreos pagó 4.000 ducados de oro. Nada omitió Cisneros para que la obra saliera lo más completa posible.

Claro está que el trabajo de aquellos sabios que habían acometido una empresa tan ardua era merecedora, no sólo de la alabanza universal, sino también de una remuneración adecuada. Y Fray Francisco, que era tan desprendido, no se la negó. Por los pocos datos que sobre el particular poseemos, podemos deducir que su sueldo era bastante espléndido. […] Cisneros era de esos hombres que tenían muy fija la idea de que el que trabaja bien debe cobrar bien; así como el que trabaja mal o nada, debe ser expulsado del puesto que ocupa. Siguiendo esta máxima, remuneraba los códices, a los copistas y a cuantos intervenían en la empresa.

Pero lo que más llama la atención de los cultos en este asunto es la maña que se dio Cisneros para llevarlo a cabo. Señaló por centro de estudio la villa de Alcalá y a la cabeza de todo el trabajo estaba él mismo en persona, dirigiéndolo con su iniciativa y sus consejos. Ni se crea que esta dirección era meramente de fórmula, no. Precisamente por no estar conforme con las normas marcadas por él abandonó el trabajo Nebrija en los primeros meses de 1505. Tenían todos los días junta, presidida casi siempre por Cisneros. En ella se daba cuenta de la labor realizada y se discutían las dificultades que salían al paso. Se estudiaba el valor de los manuscritos y la mayor o menor corrección de la lectura, a fin de escoger para el texto la más acomodada al original. Era un verdadero Seminario filológico, en el sentido técnico de la palabra.

Una obra tan importante atrajo las miradas del mundo entero y, aunque en general se la miró con simpatía, no faltaron detractores; y aun hubiera fracasado, a no ser por la autoridad y por el tesón de Cisneros.

A fines de 1510, teniendo ya preparados bastantes materiales para la impresión, llamó Fray Francisco a Arnaldo Guillermo de Brocario, uno de los tipógrafos más célebres que había entonces en España. Comenzó éste en 1511 a labrar los caracteres hebreos, caldeos y griegos, y en 1512 a imprimir. El 10 de julio de 1517 se dio feliz remate a la impresión de la obra.

Se cuenta que al terminar de imprimir el último volumen cogió Guillermo de Brocario a su hijo Juan, le vistió la mejor ropa que tenía y se lo envió al Cardenal para que le presentara el libro. La escena que se desarrolló al llegar el niño ante Cisneros fue verdaderamente conmovedora. Recibió éste el volumen lleno de gozo y, levantando los ojos al cielo, dio gracias al Señor por haberle concedido llevar a cabo el ideal que tanto tiempo había acariciado.

Cisneros no quiso que se pusiera a la venta su obra hasta que recibiera la aprobación del Sumo Pontífice, la cual, por una porción de circunstancias inexplicables, no se dio hasta el 22 de marzo de 1520, es decir, dos años y medio después de la muerte de su principal autor. El motu proprio en que la aprueba León X está lleno de frases encomiásticas para la obra. En seguida se puso a la venta. El número de ejemplares tirados fue de poco más de seiscientos, la mayor parte en papel y alguno que otro en vitela. […]

La Políglota de Alcalá fue saludada por los sabios de su tiempo como un acontecimiento extraordinario, alcanzando un verdadero éxito editorial. La edición se agotó muy pronto y a los cuarenta y ocho años de su aparición eran tan raros los ejemplares, que su escasez fue uno de los motivos principales que movieron a Felipe II a encargar a Arias Montano que la reimprimiera de nuevo.

Los tipos y la portada de la Políglota Complutense son esmeradísimos. Es la empresa científica y tipográfica más gigantesca realizada por nuestros sabios en el siglo XVI y atendiendo a las circunstancias, no igualada todavía por ninguna de las posteriores. Con razón escribe el P. Revilla: “Los sabios modernos han logrado imprimir los sagrados textos con más pureza y corrección que lo hicieron los insignes editores Complutenses, porque las obras de crítica, aun las más excelentes, están destinadas a ser sobrepujadas por otras mejores; pero nadie podrá arrebatar a la de Alcalá el mérito de haber sido la primera Políglota de la Biblia y el modelo y fundamento de las Políglotas de Amberes, Heidelberg, París, etc., y de las principales ediciones que se publicaron después de ella. Los años que tantas reputaciones consumen, no han podido obscurecer, antes bien, han abrillantado aún más y más la corona de gloria que con esta obra se labraron el Cardenal Cisneros y los inmortales humanistas de Alcalá”.