Roa

Las primeras letras en la villa de Roa de Duero…

“… a Gonzalo Jiménez, hijo mayor, al cual desde niño que supo hablar lo enviaron a la villa de Roa, que es del conde de Siruela, a un tío suyo, adonde le empezaron a mostrar las primeras letras. Después de ya sabidas, que era ya mancebo, le enviaron a la villa de Cuéllar, que es del duque de Arbuquerque, a enseñar gramática, porque había estudio allí”. - Juan de Vallejo

Así describe Juan de Vallejo, en su famoso Memorial, los primeros pasos en la formación de Cisneros. Aunque no está del todo de acuerdo Gómez de Castro, quien afirma que es más probable que fuera enviado directamente a Alcalá de Henares. Pero no tenemos motivos para dudar de la afirmación de Vallejo, persona muy cercana al cardenal, además de que el propio Alvar Gómez de Castro alude al final de su De rebus gestis a las primeras letras aprendidas por Cisneros en Roa. Sea como fuere, la villa de Roa es un lugar importante en la biografía de Cisneros, pues se convertiría para él en la puerta del cielo, al morir en esta villa burgalesa el 8 de noviembre de 1517.

… y de Roa al cielo el 8 de noviembre de 1517

“Entretanto, el invierno que en aquella región suele llegar antes que en la cismontana, comenzó a endurecerse y Jiménez sintió sus efectos, por la excesiva humedad del monasterio de Aguilera. Decidió, por tanto, como si fuera a su tierra patria, marchar a Roa, pueblo del conde Ciruelo, donde aprendió las primeras letras, y llevar también allí al Senado”. - Alvar Gómez de Castro

El propio Gómez de Castro nos ofrece el relato de los últimos momentos de Fray Francisco Ximénez:

“Cuando advirtió que le llegaba la muerte, dio muestras palpables de una vida santamente llevada. Pues aunque su cuerpo estaba débil y abatido, su espíritu y su juicio estaban fuertes, habló brevemente de la inconstancia y vanidad de las cosas humanas, y de la infinita misericordia de Dios. Luego, abrazado a un crucifijo, pidió con muchas lágrimas perdón a Dios, invocando a todos los santos, en especial a la Virgen Santísima, Madre de Dios, a San Miguel Arcángel, a los Santos Pedro y Pablo, príncipes de los Apóstoles, a Santiago, patrón de España, a San Francisco, en cuya Orden había vivido, y a los protectores de la iglesia de Toledo, Santos Eugenio e Ildefonso. Y todo con tanta piedad y afecto cristiano, que cuantos estaban presentes no pudieron contener sus lágrimas”.

El Cardenal Guisasola, arzobispo de Toledo, en su evocación de Cisneros con ocasión del IV Centenario de su muerte, escribió en 1917:

“Al amanecer del 7 de noviembre llamó el Cardenal a su confesor el P. Fray Diego Machado, y durante cuatro horas le hizo con muchas lágrimas confesión general de su vida y habló con él largamente de negocios del espíritu. Luego pidió recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía por viático y se le administró con gran pompa y solemnidad (…) El Cardenal, antes de comulgar, delante de aquella lucidísima comitiva, alzando cuanto pudo la voz, pidió perdón a todos y dijo que por el paso en que se hallaba y por la cuenta que había de dar a Dios, allí presente, protestaba no haber cometido injusticia o agravio con nadie; y que de las rentas de la Mitra de Toledo no tenía defraudado siquiera un maravedí, ni para sí, ni sus parientes; y luego les exhortó a que viendo la inconstancia de las cosas temporales, solo buscaran las eternas. Aquellos cortesanos no podían disimular su pena y las lágrimas asomaban a los graves rostros. Poco después pidió el Cardenal la Extremaunción y al dársela contestó a las oraciones con muchísimo fervor. Tomó luego en sus manos el Crucifijo, que siempre llevaba atado a su muñeca con una cuerda, y fija en él la mirada, prorrumpía con tiernas lágrimas en encendidos actos de amor a Dios y arrepentimiento de sus grandes pecados, según él decía; invocaba los consoladores nombres de Jesús y de su Santísima Madre y buscaba el amparo del Padre San Francisco y de otros Santos de su devoción; y con esto y el rezo de los salmos penitenciales pasó aquel día, la noche y el día siguiente hasta la hora en que murió”.

A su vez Gómez de Castro refiere:

“Recibidos los demás sacramentos, pidió el de la Extrema Unción. Y en presencia de Pedro de Lerma, de Antonio Rodrigo, del arcediano de la Fuente y de Balbasio, que con sus oraciones le ayudaban a bien morir y a aumentar su fe, dichas aquellas palabras de David: In Te, Domine, speravi: En Ti, Señor, esperé, murió aquel hombre santísimo y grande, cual no lo tendrá jamás la posteridad, en el día ocho de noviembre, domingo, a los veintidós años de su episcopado, cerca de los ochenta años”.

Guisasola añade algunos datos de interés:

“Eran las tres y media de la tarde del 8 de noviembre, octava de la fiesta de Todos los Santos y el Cardenal comenzó fatigosamente a rezar con los que le rodeaban las Completas de aquel día; y terminado el salmo 30 de David, In te, Domine, speravi, non confundar in aeternum, in justitia tua libera me, se detuvo y volviole a repetir una y muchas veces: mas como acabadas las Completas se sintiera morir a toda prisa, con abundantes lágrimas acercó a sus labios los pies del Crucifijo y besábalos devotísimamente; e invocando el dulcísimo nombre de la Virgen María, Nuestra Señora, a eso de las cuatro entregó su alma al Supremo Hacedor, que la había criado”.

El cuerpo de Cisneros fue velado en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Roa hasta su traslado a Alcalá de Henares. Así leemos en Gómez de Castro:

“De la habitación en que había muerto se sacó el cadáver al comedor, y revestido con los ornamentos pontificales fue colocado en la silla que ocupaba cuando vivía. Luego fue depositado en el lecho, adornado con preciosas ropas y cubierto con una cortina colgante. Un pregonero anunció la muerte de Jiménez por las calles y barrios de Roa, invitando a todos a besar, según costumbre, sus manos, y con las indulgencias acostumbradas. Asistió mucha gente de Roa y de los pueblos vecinos.

Fue embalsamado su cadáver con ungüentos y aromas y mucha sal, para ser trasladado a Alcalá, donde quiso él ser enterrado. Mientras se organizaba el viaje de traslado, fue llevado a la iglesia de Roa, donde el ocho de noviembre se celebraron honras fúnebres”.

El pintor sevillano José María Rodríguez de Losada evocó en 1889 los últimos momentos de Cisneros en este mundo en su lienzo La última confesión del Cardenal Cisneros.

En 1995 la villa de Roa, por encargo de la Sociedad “Amigos de la Historia de Roa”, dedicó a Cisneros un monumento en bronce y piedra, ubicado en el Paseo del Espolón, obra de la escultora Ana Jiménez López (+ 2013).